Se murió. Así, de la nada. Y aunque fue varias horas antes para mí fue real hasta que me lo dijeron. De sopetón, sin titubeos. Lo sentí como un cubetazo helado. Para mí seguiría viva si no me hubieran dicho. Porque aunque no lo sea, parece que las muertes sólo se vuelven reales cuando alguien lo pronuncia o lo presencia.
Y aún a pesar de los días, me siento desconcertada. Me muevo, como, estudio pero algo falta. De pronto me acuerdo y brota el mar en mis ojos. Me he percatado que tantas enseñanzas de la vida no me habían preparado para esto. Nadie enseña cómo lidiar con la muerte. Las palabras de consuelo no reconfortan, ni los rezos, parece que el antídoto para todo se encuentra en la espera, la maldita espera. Esperar el paso del tiempo para acostumbrarse a esa ausencia permanente. A ese viaje sin retorno. Pesa el no volver a ver esa sonrisa que deslumbra o a compartir eso bailes repentinos o simplemente platicar de nimiedades o profundidades de la vida.
Tampoco sé qué muerte es mejor, esa que se espera o aquella que es repentina e inesperada. No sé si es mejor saber el motivo de defunción o sólo imaginarlo y dar el fin que a uno se le ocurra. No sé si algo de eso reconforta.
Escribir para desahogar las penas sabiendo que lo que se escribe ya no es para alguien ¿o lo será? No lo sé, espero que sí. Espero que el alma que abandona un cuerpo viaje, viaje por todos los lados que le plazcan, que goce, que atraviese por todos los estados de plenitud.
A ti, que te fuiste sin que lo quisiéramos te deseo un camino lleno de luz, que nuestras palabras lleguen a tocarte y que de alguna forma te cobijen de amor.
La tradición debe ser seguir adelante, no sólo por los que nos quedamos sino por ti. Vivir por mí y vivir por ti. Viajar y recorrer el mundo para que tú también lo conozcas, leer libros y hacer que tu estés en esas historias atrapadas en hojas, comprar flores para que siempre estemos alegres y hacer que todo lo bello me recuerde a ti porque así, en los recuerdos, bien dicen que nadie muere.