La próxima marea
febrero 20, 2015

Conforme he crecido he comprendido que las personas y las cosas pueden ir y venir como una marea. Volver con fuerza cuando menos se espera o perderse en ese espumoso horizonte que se pierde con el infinito mar.

Aún encuentro la escritura como ese consuelo infalible y esa terapia necesaria a la que todos hemos de acudir al menos una vez. Escrito todo me parece más organizado y con sentido.

Pues desde hace tiempo mi mente tenía nudos que parecían sólo desenmarañarse al escribir y volcar todos mis pensamientos en una hoja en blanco.

Creí que escribiría esto en año nuevo, hay algo raro con nosotros y los ciclos, cada que uno se cierra y otro se vislumbra abierto, nos ponemos a recordar, a confrontar y a preguntar. Yo, indudablemente, hice todas las anteriores al llegar este año , volteé a ver ese pasado tan próximo y vi mis logros, mis tropiezos y mis miedos.

El año pasado cerré ciclos. Muchos. Algunos con miedo y otros con seguridad. Terminé una carrera que me dio más incertidumbres que certezas, que me brindó esperanzas y que me invitó a pensar que puedo devorarme al mundo, siempre y cuando crea que pueda hacerlo.

También terminé amistades en las que ya de plano no me veía reflejada y encontré otras que me hacían ilusionarme con la vida y con lo grandioso que es estar rodeado de gente inspiradora.

Fui a la mejor terapia, encontré mis miedos y les vi la cara. Mi terapia consistía en ver películas y a través de ellas ver qué de lo que veía me movía y el porqué. Esto me llevó a enfrentarme con mi miedo a la incertidumbre, a siempre querer saber qué va a pasar y no tener sorpresas. A entender que la vida es espontánea y que definitivamente no lo puedo controlar todo. Y aunque parezca obvio, a saber que me voy a morir y que eso tampoco es algo que pueda evitar. Me vi reflejada en escenas y también vi a personas que quiero reflejadas en ellas.

Aunque aborrezco a las personas así, me di cuenta de lo terriblemente arrogante que he sido. Al saberme tan querida y rodeada de tanto amor por varias personas, empecé a sentirme superior frente aquellos que parecían no tener lo mismo que yo. Ya no sirve reprocharme pero sí denunciarlo para así no repetir esa acción que tanta pena me causa.

Los perdones son actos sumamente huecos y hasta frívolos cuando no conllevan corrección. No pido perdón sin antes darme cuenta de mi actitud y trabajar en aplacar esos demonios que a veces me convierten en el tipo de persona de la que no me gusta rodearme.

Me di cuenta que no importa cuánto se quiera a una persona, o cuánto uno se preocupe por su bienestar, cada quien es dueño de sus acciones y las consecuencias de las mismas. Las personas pueden repetir el mismo error cien veces y no aprender la lección, porque al final, aprendemos cuando queremos no por imposición ajena. Agradezco la conciencia que tengo que tarde que temprano me hace ver que tengo más amor por dar que madres por mentar.

Errores del pasado, lo siento. Se han perdido en el mar pero la próxima marea nos volveremos a encontrar.

Cecilia Castañeda