Estoy sentada junto a la ventana, la que está en mi cocina. Me fumo el cigarro vespertino, el que no perdono ni olvido. Lo pauso un poco cuando doy pronunciados sorbos a mi café. Me sorprendo con mi propio reflejo en el fondo de ese negro y humeante café. Me veo vieja ¿lo estoy? Siempre me he sentido joven pero nunca me había visto así. Miro mis manos y también me delatan, ya tengo pliegues por doquier y esas manchas que dejan ver todas esas aventuras acumuladas a lo largo del camino. ¡Caray! creo que ahora sí es hora de empezar con esos rituales de belleza de cremas anti arrugas. Me he quedado pasmada y el cigarro ya se consumió. Veo cómo las gotas caen por los tejados de enfrente, una pareja abajo en la calle corre agarrada de la mano buscando un refugio y un excusa para estar abrazados. Sonrío.
Me pongo de pie y camino por mi piso, la madera cruje y despierta a Pelusa que corre hacia mí todo asustado. Pelusa es macho pero a mi su rostro siempre se me hizo femenino y por ello le bautice con aquel nombre. Cada vez corre más lento, a él también ya lo alcanzó el tiempo y me entristece pensar que pronto me abandonará como yo abandoné a tantos hombres en mi vida. Cuando Pelusa se vaya no sé aún que vaya a hacer. La tristeza se me escapa con un repentino estornudo que me espabila y me recuerda que aún tengo que comprar los ingredientes de la cena. Tomo la gabardina gris y el paraguas de lunares. Salgo del edificio y veo charcos por doquier, me asomo a ver si de casualidad ya volví a ser joven, pero no. Sigo en mis cuarentas pero siendo tan ridícula como lo fui en mis veintes. Me pongo de buenas con el saxofonista que pide monedas en la esquina y como cuando niña me pongo a saltar los charcos para hacer más divertida la travesía.
Ya en la tienda saludo al dueño que se ha hecho una persona entrañable en mi vida. Él y su esposa han trabajado toda la vida y ahora, aún en su vejez, deciden que son felices estando en constante movimiento y siempre buscan una nueva aventura, una nueva historia. Los domingos comemos juntos, yo siempre llevo el postre que es lo que más me gusta cocinar. Me hacen falta papas y zanahoria para el guisado. Otra botella de vino tinto y una baguette con ajonjolí. Regreso a cocinar y me acompaña la buena Nina Simone. Me imagino bailando con un hermoso vestido que aún no traigo puesto. Toca a la puerta justo cuando he terminado de arreglar todo. Me trae flores, sabe que siempre sonrío con ellas. Se quita el saco y lo deja sobre el sillón. Yo regreso a la cocina y pongo las flores con agua fría, un consejo que me dio mi abuela para que siempre se conserven en buen estado. Cenamos. Tomamos una copa de vino. Dos. Tres. Se abre una nueva botella. Estamos en mi habitación y me quita el vestido con lentitud. Parece novato pero yo le sigo el cuento como si fuera aún una colegiala. Terminamos y se quiere quedar a dormir. Le digo lo de siempre: – Es que no cabemos en mi cama. –María pero qué dices si tu cama es de lo más grande. –No, es que fíjate que de noche se me expande el alma y no cabemos. Lo digo en serio. –Ay ya vas a empezar con esas babosadas.
Le doy un beso en la frente y me visto. Él se levanta y comienza a hacer lo mismo. Lo despido en la puerta y él me regresa un beso en la mejilla y una tímida sonrisa.
La mayoría de las personas creen que sufro de soledad, pero la verdad es que disfruto tanto mi compañía que no me puedo quejar. Siempre he creído que todos aquellos a quienes les aterra estar solos realmente están descontentos con su propia persona y por ello terminan huyendo de múltiples formas que nunca sirven para un carajo porque de lo que nunca podemos huir es de nosotros mismos. Yo he encontrado la felicidad en tantos rincones que por eso aprendí a disfrutar la vida. Me enamoré con el humo que salía del café, con los adoquines de la calle que estaban en perfecta sincronía, con el pan recién horneado, con los sombreros, con la música que se baila lento, con las recetas que le aprendí a mi madre antes de que se fuera, con los besos que robé, con las caricias que me han dado y las camisas que he quitado.
Amo con profundidad pero de forma fugaz. Aún no me he atado y no sé si llegue a hacerlo o si en verdad es algo que necesito o sólo es esa incomodidad de tener los pies fríos cuando llega el invierno.




