Más vale darle uso a este espacio que bien me sirve de terapia.
Mi cabeza parece una cama llena de ropa, un lavadero lleno de platos sucios, una bolsa en la que no se encuentran las llaves. Me siento confundida, histérica y ansiosa. Supongo que todo tiene que ver con que no estoy haciendo lo que realmente me gusta. ¿Decidia o comodidad? Aún no sé si las dos. El dinero nos da comodidad pero no, la felicidad no. Leer lo que escribe el cínico de Salles sirve bastante, sobre todo cuando habla de lo insufrible que es hacer algo que no da ni sentido ni significado a nuestros días. Todo debe de ir de acorde a eso ¿para qué estamos haciendo lo que hacemos? La respuesta siempre debería ser para crecer, para trascender, para dejar huella pero muchas veces la triste respuesta es para sobrevivir.
Después de un brutal encuentro en el Metrobus, uno de los principales transportes de la apabullante Ciudad de México, decidí que prefería evitarme esos destellos de salvajismo urbano y por eso camino. Caminar me hace sentir el aire, me recuerda que mis pies pueden llevarme a los lugares a los que quiera llegar y también me permite observar. Observar esas historias que caminan y para después convertirse en la inspiración de mis letras. Veo el camión y cómo todos se apretujan para entrar, cómo señoras con bolsas de mandado aún tienen dedos que les extienden a sus hijos para tenerlos cerca. Y entonces entiendo, algunos trabajan en lugares que les quedan tan remotos a sus casas porque necesitan sobrevivir, porque los mueve el amor por sus hijos y por un futuro próspero para ellos.
Y me maravillo de la inmensidad del amor. Del amor de esa madre que despierta al alba a preparar el desayuno de sus hijos, para luego arreglarse e ir a trabajar y subirse a ese camión que la lleva de norte a sur en las mañanas. Y que por las tardes la regresa en el sentido inverso. Cuando carga con bolsas y con niño en brazos y cuando soporta a otras madres, que como ella, quieren ser la primera en regresar a casa. Mi significado en la vida es dignificar todas esas historias, de guerreras y guerreros que siempre me asombran y las que me hacen decir: No, Cecilia, tus problemas no son nada graves.