Así comienza la aventura de un 9 de abril del año en curso. Resulta ser que la chica cronopio va a conocer uno de los nuevos lugares, de esos que se hacen populares, un bar que se llama Disco López. ¡Qué maravilla!, piensa en sus adentros, por fin esa noche entrará, después de tres intentos fallidos, ésta noche seguro sí entra. El entusiasmo le hace perderse en recuerdos que aún no han pasado, se ve bailando al son de la música, ondeando su vestido y su cabello. Desenvainando las penas con el mejor de los antídotos para la tristeza: las risas entre amigos. Y el tiempo transcurre, y el reloj va cambiando las manecillas, claro, ella ni en cuenta, anda perdida en la música que escucha, y en su habitación busca algo fresco que ponerse, y saca ropa, y desecha esta y desecha la otra. ¡Al fin! un vestido de flores para la ocasión. Y como entre escoger atuendo y perderse en la música las horas han pasado, por azares del destino mira el reloj, ¡ay no! en sólo 10 minutos pasan por ella. Y la muchacha anda en unas fachas, que es mejor no contarlo. Pues entonces decide optar por un peinado fácil, apenas y se logra maquillar; y claro antes de irse llega la parte que no le agrada nada, tiene que ponerse esa utilería que la eleva por los suelos, y que en el andar le hace parecer un pingüino, apenas los pone y a los lejos se escucha el timbre. Entra aquí un punto clave, la madre de la chica cronopio es una fama, el orden siempre debe imperar, pero claro que la chica a estas alturas tiene su habitación como en campo de batalla, recoge como puede de forma rápida, esconde en su almohada ropa, y la hace bola, aún se ven destellos de la batalla, pero corre a la puerta pues desde hace rato la esperan. Ana Cecilia no sales si no dejas perfectamente recogido tu cuarto, -Ay mamá qué bien friegas. Claro que eso se lo guarda la chica, porque si contesta mal no sale hasta el fin de los tiempos, se limita a responder –Cuando vuelva lo recojo. La madre fama monta en cólera y empieza a despotricar en contra de la cronopio, aunque la muchacha ya ni sabe qué dijo porque se salió de su casa.
En el coche, con su amigo también cronopio, sus piernas empiezan a parecer imanes que responden ante la atracción de la música, la cronopio ya quiere llegar al destino, -ya que ya lleguemos-, si esa señora de enfrente manejara bien ya habríamos llegado. La impaciente cronopio esboza una sonrisa cuando ve que ya están sobre la calle de López Cotilla. Estacionan el auto a una cuadra y camina rápido para llegar – No hay prisa Ceci, caminas como europea.- le dice el amigo. La fila para entrar no dura mucho y en cuanto pisa el recinto la chica sabe que se va a divertir. Dentro ya le esperan sus demás amigos, unos famas, otros cronopios. Piden un veneno que se toman poco a poco, que a unos los refresca y a otros ni contar cómo los idiotiza, pero la cronopio lo toma con calma disfrutando un sorbito de cuando en cuando. Y la noche se hace ligera cuando se conjuga con la música, brinca como saltamontes dos para la derecha y uno para la izquierda, su cabello como en su recuerdo inventado se menea en ondas. Y las carcajadas brotan con los ridículos pasos que uno de sus amigos tiene, pero con todo y eso como les quiere a cada uno de los presentes.
La noche pasa tan rápido que llega el fin de su aventura. Llega a su casa y rápido desecha la tortura que tuvieron que aguantarle sus pies, ¡pobrecillos!. Y ya en su cama siente unas punzadas . –No los vuelvo a usar. Me digo esta vez. Y ya la música se conjuga en el infinito de mis sueños, pero casi estoy segura que me duermo esbozando una sonrisa, por la noche y porque me acuerdo que feliz soy siendo un libre y fugaz cronopio.